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Este libro, Crónicas remedianas, gentes y sucesos de una villa cubana de Mauricio Escuela Orozco, es mucho más que una compilación de textos; es un acto de amor y de resistencia. Nacido en San Juan de los Remedios en 1988, periodista y escritor de oficio, columnista en medios como Cubahora, La Jiribilla, Cubasí y Cubarte, y autor de Los monstruos más lúcidos (Primigenios, 2025), Escuela Orozco nos entrega aquí una obra que es, al mismo tiempo, memoria viva, crónica periodística y poesía de lo cotidiano.
A través de estas páginas, el autor nos invita a un viaje íntimo por los recovecos de la otrora villa, desentrañando con mirada aguda y prosa evocadora el alma de un pueblo que se niega a ser solo un eco del pasado. Sus crónicas son ventanas abiertas a la vida cultural de Remedios, un espacio donde lo histórico y lo legendario, lo culto y lo popular, se funden en un mismo latido. Desde la figura picaresca y sombría de Vasco Porcallo hasta la sonrisa eterna del titiritero Fidel Galbán; desde el estruendo fundacional de las parrandas —esa «guerra de luz y de color» que para Carpentier era «un estallido» navideño y «una sinfonía de fuego que resume el alma contradictoria y apasionada de un pueblo»— hasta el silencio elocuente de los edificios que se caen.

El mito fundacional de Remedios, ese «pueblo que se muda» pero que se niega a hacerlo, planea sobre estas páginas. Como apuntó Fernando Ortiz, fue un acto de «terquedad fundacional» el que forjó su carácter único: «Mientras el resto de las villas se fundaban y trasladaban por orden real, Remedios plantó cara. Esa resistencia al desplazamiento forzoso forjó un carácter único: el de un pueblo que se aferra a su tierra con uñas y dientes, y que convierte ese arraigo en su principal bandera». De esa terquedad vital brota, quizás, la energía para crear una fiesta como las parrandas y para nutrir genios como el del compositor Alejandro García Caturla, de quien el propio Carpentier dijera que «llevaba el ritmo de las parrandas en la sangre» y que, en su música, «los tambores de los “franceses” y “españoles” dialogan con Stravinsky».
Escuela Orozco no se limita a enumerar sucesos o a glosar personajes. Su escritura es una plática constante con el espíritu del lugar. Conoce el peso de las piedras y el susurro de los fantasmas; sabe que en Remedios la historia no se estudia, se vive. Por eso, sus textos respiran una autenticidad que solo puede brotar de quien ha caminado sus calles, ha respirado el olor a pólvora de sus fiestas y ha escuchado, en el tañer de las campanas de la Iglesia Mayor, la voz de los ancestros. El autor recorre el mismo escenario que Eusebio Leal Spengler definió con tanta elocuencia:
La Plaza Isabel II de Remedios no es una plaza cualquiera. Es un recinto sagrado de la cubanía. Su irregularidad, la sombra de sus árboles sobre las losas, la majestuosa iglesia de San Juan Bautista con sus altares de oro… todo habla de un tiempo detenido, pero no muerto. Es una lección de arquitectura colonial sin maquillaje, donde la historia ha dejado sus marcas auténticas.
En estas crónicas, la vida cultural de la villa se revela como un organismo complejo y resiliente. Es la fuerza telúrica de las parrandas, capaces de sobrevivir a pandemias y periodos de penuria, transformándose sin traicionar su esencia. Es la labor callada de historiadores como Rafael Farto o Natalia Raola, guardianes de una memoria que a menudo se debate entre el archivo y la leyenda. Es el genio creativo de artistas como Carlos Enríquez o Noel Guzmán Bofill, que encontraron en el paisaje local la materia prima para universos estéticos únicos. Y es, sobre todo, la sabiduría de un pueblo que ha hecho de la cultura no un adorno, sino un pilar de su identidad y un antídoto contra el olvido.
Remedianías Crónicas, gentes y sucesos de una villa cubana es, en definitiva, un testimonio de que la verdadera grandeza no siempre habita en las capitales. A veces, florece con tenaz hermosura en una villa del centro de Cuba, donde hasta las piedras parecen tener algo que contar. Mauricio Escuela Orozco ha tenido el oído atento y la pluma certera para transcribir ese murmullo, ese «olor a café de las mañanas» que impregna la creación, esa luz persistente que, a pesar de todos los pesares, sigue brillando en los cielos de Remedios. Este libro es, pues, un homenaje a esa luz y a quienes la mantienen viva. Una invitación a perdernos, con la gratitud del viajero, en el laberinto encantado de una de las villas más antiguas y fascinantes de Cuba.
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